Soy Byron, un pastor alemán de 14 años, veterano de mil batallas y guardián de la casa. He visto crecer a niños, he despedido a seres queridos y he dado la bienvenida a nuevos miembros de la familia peluda. Pero sin duda, mi papel más insólito y adorable ha sido el de niñera de gatitos.

Ariel, mi compañera felina de toda la vida, una gata negra elegante y misteriosa, me ha confiado la crianza de sus crías en varias ocasiones. Recuerdo perfectamente la primera vez: Ariel acababa de dar a luz a una camada de cuatro bolitas de pelo diminutas, tan pequeñas que cabían en la palma de mi pata.

Ariel, exhausta por el parto, necesitaba descansar y comer. Con la misma delicadeza con la que porta un ratón, tomó a cada gatito en su boca y lo depositó cuidadosamente entre mis patas. Yo, conmovido por la confianza que depositaba en mí, me convertí en una cuna improvisada.

No me moví ni un milímetro mientras Ariel disfrutaba de su descanso. Los gatitos, acurrucados entre mis peludas patas, emitían suaves ronroneos de satisfacción mientras yo les daba lametones cariñosos. Mi instinto protector se despertó de inmediato, y me juré a mí mismo que cuidaría de esos pequeños seres con la misma devoción que he cuidado de esta casa durante toda mi vida.

Ariel regresaba con frecuencia para comprobar el estado de sus gatitos. Los olfateaba, les daba un par de lametones maternos y se marchaba tranquila, sabiendo que sus pequeños estaban en buenas manos. Yo observaba su partida con una mezcla de orgullo y ternura, sintiendo un calorcito en el pecho que solo la experiencia de la paternidad, aunque sea adoptiva, puede brindar.

Con el paso de los días, los gatitos crecían a pasos agigantados. Pasaban de ser pelotas de pelo indefensas a pequeños exploradores peludos que correteaban por la casa, tropezando con sus propias patas y descubriendo el mundo con ojos llenos de curiosidad. Yo los observaba con una sonrisa, disfrutando de sus travesuras y sintiéndome parte de su crecimiento.

Ariel me enseñó que la maternidad no se limita a la sangre. Me enseñó que el amor y el cuidado pueden surgir en los lugares más inesperados, y que incluso un perro viejo como yo puede tener un corazón de oro.

Mi experiencia como niñera de gatitos no se limita a la camada de Ariel. He tenido el privilegio de cuidar a muchos otros gatitos huérfanos o abandonados que mi dueña ha encontrado en la calle. Cada uno de ellos ha dejado una huella en mi corazón, y me ha enseñado que la bondad y la compasión no tienen límites.

Hoy en día, con mis 14 años a cuestas, ya no tengo la misma energía para correr detrás de gatitos traviesos. Pero mi instinto protector sigue intacto. Observo a mis dos gatos actuales, un macho ojos azules gris llamado Zeus y una hembra bosque de noruega de pelo largo llamada Ingrid, con la misma ternura con la que observé a los gatitos de Ariel. Sé que ellos me ven como un abuelo gruñón, pero en el fondo sé que me aprecian por la protección y el cariño que les brindo.

Soy Byron, el pastor alemán niñera. He vivido una vida llena de aventuras, pero sin duda, mi papel más gratificante ha sido el de cuidar a los más pequeños y vulnerables. Y aunque ya no tengo la misma agilidad de antes, mi corazón sigue rebosando de amor por todos los peludos que me rodean.

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